Por Amparo Jaramillo-Restrepo
Leo en El Espectador de Bogotá un artículo que me encoje el corazón titulado: Bienvenidos a la Guerra.
Es la historia de grupos criminales de izquierda y de derecha que reclutan niños en los mismos colegios de las zonas marginales de Bogotá. Pero la historia se repite en varios sitios del planeta, en donde los niños y los jóvenes están dejando las escuelas como dice el periódico por causa de la pobreza, la violencia o la ambición. Respetando las diferencias me refiero a un recuerdo reciente, cuando un grupo de reclutadores del ejército de los Estados Unidos aprovecharon un desfile en Norwalk, CT., y abordaron a varios jóvenes estudiantes para invitarlos a alistarse en las diferentes armas.
Por muchos años tuve casi una obsesión por ese problema que ha convertido a los menores de edad en participantes en los distintos conflictos armados, o en la delincuencia común, cuando no en esclavos o esclavas sexuales de guerrilleros y los turistas.
Pero no podemos quedarnos en la denuncia. La única solución es que en todos los países del planeta, y en este caso en los dos que más conozco y me desvelan, Colombia y Estados Unidos, cambiemos la política de victimizar a las víctimas, y en lugar de destinar billones de dólares o pesos en perseguir estos jóvenes delincuentes los utilicemos para proporcionar a nuestros niños y jóvenes un mejor sistema educativo, mejores programas de salud mental, mejor nutrición y sobre todo crear en ellos la certidumbre de que si ellos, como decimos diariamente, son el futuro del mundo, haremos lo posible para que su futuro sea más justo y seguro.
Tendremos que decirles en todas las formas “BIENVENIDOS A LA PAZ”.
Porque como vamos, invirtiendo más en cárceles que en escuelas, vamos mal. No es justo que en algunas partes del mundo los niños tengan que cambiar los libros por las armas, y que en el caso particular de Colombia, mi amado país, las únicas alternativas para los muchachos pobres o desplazados sean el ejército, si califiquen, la guerrilla o el sicariato, como lo confesó una vez con profundo dolor el General Barón. Porque como decía en estos días Juan Gossain, uno de los periodistas más conocidos en Colombia, el dilema ahora no es “qué clase de mundo les vamos a dejar a nuestros hijos y nietos, sino qué clase de ciudadanos le vamos a dejar al mundo”.
Buga, 20 de octubre del 2008
lunes 20 de octubre de 2008
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