Por Amparo Jaramillo-Restrepo
Para visitar Colombia,
La tierra de mis abuelos,
Prestaré una alfombra mágica
Y volaré a Cartagena.
Contemplaré desde el aire
Su corralito de piedra
Y bajaré a bailar cumbias
Con los chicos en la arena.
Iré luego al Medellín
De la eterna primavera,
Ciudad de flores, bambucos,
Tradiciones y leyendas.
Volaré sobre Los Andes
Y sus montañas de nieve,
Bailaré la salsa en Cali,
Y llegaré hasta el Pacífico
Para acariciar ballenas.
Mi alfombra viajará entonces
Sobre valles y colinas,
Dulces sembrados de caña
y pueblitos somnolientos.
Visitaré a Bogotá, la capital señorial
Con sus parques y museos,
iré en cable a Monserrate,
y compraré una esmeralda,
¡tan grande como un buñuelo!
para enviar a mis abuelos.
sábado, 20 de diciembre de 2008
viernes, 19 de diciembre de 2008
LA INJUSTICIA GLOBALIZADA
Por Amparo Jaramillo-Restrepo
En un conmovedor discurso pronunciado en Porto Alegre, Brasil, en el 2002, el Nóbel portugués José de Saramago, pronunció un discurso en el que narra la historia de un campesino italiano, cansado de luchar contra un terrateniente que movía los linderos de su propiedad, para invadir la de su vecino. Hasta que un día, cansado de apelar a las leyes de su región sin ningún éxito, el campesino se dirigió a la iglesia de la aldea y empezó a tocar las campanas, con un sonido fúnebre que sorprendió a los parroquianos, pues ninguno de sus amigos o parientes estaba en peligro de muerte.
“Por quién doblan las campanas? Quién ha muerto?” Preguntaron todos a coro al llegar a la plaza
“HA MUERTO LA JUSTICIA”, fue la respuesta contundente del campesino.
De acuerdo a las palabras de Saramago, “esta es la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la justicia”. Y agrega que “nunca más ha vuelto a oír el fúnebre sonido de la aldea de Florencia, más la justicia siguió y sigue muriendo todos los días”
Gracias a Dios a nadie se le ha ocurrido esa idea en nuestra amada Colombia, tal vez porque la mayor parte de las iglesias permanecen cerradas, o porque estamos tan adormecidos que nos acostumbramos a convivir con el cadáver de la justicia, sin que a nadie se le haya ocurrido repetir el gesto del campesino italiano.
Por eso continuamos celebrando multimillonarios reinados de belleza en ciudades rodeados de tugurios, dejamos las tierras más fértiles para los ricos, y damos recompensas millonarias a asesinos, mientras nuestros hospitales se cierran por falta de dinero.
Me duele Colombia.
Buga, diciembre l9 del 2008
En un conmovedor discurso pronunciado en Porto Alegre, Brasil, en el 2002, el Nóbel portugués José de Saramago, pronunció un discurso en el que narra la historia de un campesino italiano, cansado de luchar contra un terrateniente que movía los linderos de su propiedad, para invadir la de su vecino. Hasta que un día, cansado de apelar a las leyes de su región sin ningún éxito, el campesino se dirigió a la iglesia de la aldea y empezó a tocar las campanas, con un sonido fúnebre que sorprendió a los parroquianos, pues ninguno de sus amigos o parientes estaba en peligro de muerte.
“Por quién doblan las campanas? Quién ha muerto?” Preguntaron todos a coro al llegar a la plaza
“HA MUERTO LA JUSTICIA”, fue la respuesta contundente del campesino.
De acuerdo a las palabras de Saramago, “esta es la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la justicia”. Y agrega que “nunca más ha vuelto a oír el fúnebre sonido de la aldea de Florencia, más la justicia siguió y sigue muriendo todos los días”
Gracias a Dios a nadie se le ha ocurrido esa idea en nuestra amada Colombia, tal vez porque la mayor parte de las iglesias permanecen cerradas, o porque estamos tan adormecidos que nos acostumbramos a convivir con el cadáver de la justicia, sin que a nadie se le haya ocurrido repetir el gesto del campesino italiano.
Por eso continuamos celebrando multimillonarios reinados de belleza en ciudades rodeados de tugurios, dejamos las tierras más fértiles para los ricos, y damos recompensas millonarias a asesinos, mientras nuestros hospitales se cierran por falta de dinero.
Me duele Colombia.
Buga, diciembre l9 del 2008
martes, 16 de diciembre de 2008
EL FINAL DE UNA ERA
Por Amparo Jaramillo-Restrepo
(Reflexiones de fin de año)
Este es mi sueño, al final de este convulsionado año que empieza a despedirse de nosotros:
Que al fin, las grandes potencias entiendan que la guerra no paga.
Que el TERRORISMO, ese nuevo y aterrador caballo del Apocalipsis,
no puede combatirse con armas nucleares, submarinos o aviones de combate.
Que por lo tanto es inútil, por no decir criminal, seguir malgastando el dinero de los contribuyentes para alimentar el monstruoso negocio de la fabricación de armas.
Que el mito de que la economía crece en tiempos de guerra es una falacia, pues muy pronto se desmorona la pirámide, y la falta de inversión en salud, educación e infraestructura, nos cobrará caro nuestra arrogancia.
Que es imposible imponer la democracia, la paz o la justicia con las armas.
Que necesitamos en todos los países del planeta, más oportunidades de trabajo para los millones de jóvenes que están creciendo en la pobreza, la ignorancia o el abandono. Que es más rentable y más humano construir escuelas que cárceles. Porque como diría tristemente un criminal, “cuando entré a la cárcel, era un aprendiz de delincuente, y cuando salí, tenía un máster en delincuencia”.
Que nuestro planeta nos está pasando la factura por las criminales políticas de talar los bosques, contaminar las aguas, y polucionar nuestro medio ambiente.
Que el dinero no crece en los árboles, y debemos como la cigarra, prepararnos para las épocas de las vacas flacas.
Que el viejo mito de no intervención tiene su límite ante la voracidad de algunos emporios económicos acostumbrados a explotar a los incautos.
Que el deber de los gobernantes es proteger la vida, honra y bienes de sus gobernados.
Que las dádivas y prebendas para los ricos no se reflejan necesariamente en una mejor repartición de la riqueza.
Que la guerra contra las drogas ilícitas no se gana con armas y detenciones sino con prevención, educación y rehabilitación.
Que debemos dialogar, y negociar no solo con nuestros amigos sino también con nuestros enemigos.
FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO NUEVO CON MAYOR PAZ Y JUSTICIA
Buga, diciembre 16, del 2008
Que no nos coja el diluvio sin un libro del extraordinario escritor colombiano
William Ospina, bajo el brazo.
(Reflexiones de fin de año)
Este es mi sueño, al final de este convulsionado año que empieza a despedirse de nosotros:
Que al fin, las grandes potencias entiendan que la guerra no paga.
Que el TERRORISMO, ese nuevo y aterrador caballo del Apocalipsis,
no puede combatirse con armas nucleares, submarinos o aviones de combate.
Que por lo tanto es inútil, por no decir criminal, seguir malgastando el dinero de los contribuyentes para alimentar el monstruoso negocio de la fabricación de armas.
Que el mito de que la economía crece en tiempos de guerra es una falacia, pues muy pronto se desmorona la pirámide, y la falta de inversión en salud, educación e infraestructura, nos cobrará caro nuestra arrogancia.
Que es imposible imponer la democracia, la paz o la justicia con las armas.
Que necesitamos en todos los países del planeta, más oportunidades de trabajo para los millones de jóvenes que están creciendo en la pobreza, la ignorancia o el abandono. Que es más rentable y más humano construir escuelas que cárceles. Porque como diría tristemente un criminal, “cuando entré a la cárcel, era un aprendiz de delincuente, y cuando salí, tenía un máster en delincuencia”.
Que nuestro planeta nos está pasando la factura por las criminales políticas de talar los bosques, contaminar las aguas, y polucionar nuestro medio ambiente.
Que el dinero no crece en los árboles, y debemos como la cigarra, prepararnos para las épocas de las vacas flacas.
Que el viejo mito de no intervención tiene su límite ante la voracidad de algunos emporios económicos acostumbrados a explotar a los incautos.
Que el deber de los gobernantes es proteger la vida, honra y bienes de sus gobernados.
Que las dádivas y prebendas para los ricos no se reflejan necesariamente en una mejor repartición de la riqueza.
Que la guerra contra las drogas ilícitas no se gana con armas y detenciones sino con prevención, educación y rehabilitación.
Que debemos dialogar, y negociar no solo con nuestros amigos sino también con nuestros enemigos.
FELIZ NAVIDAD Y UN AÑO NUEVO CON MAYOR PAZ Y JUSTICIA
Buga, diciembre 16, del 2008
Que no nos coja el diluvio sin un libro del extraordinario escritor colombiano
William Ospina, bajo el brazo.
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