Por Amparo Jaramillo-Restrepo
Me condenaron al nomadismo desde tu vientre, madre,
y el único techo que conocí fue el arco suave de tu brazo.
Sin tierra para vivir, nadie me enseñó nunca
el arte bendito de sembrar, ni el íntimo goce
de recoger la cosecha. No aprendí el diálogo ritual
del pescador, amansando ríos y lagunas
para arrancarles el húmedo tesoro de sus peces,
y así saciar el hambre. Tampoco me enseñaron
como a mis antepasados a tejer redes y mantas
con las fibras multicolores de las plantas de mi patria.
Ni siquiera me era dado hartarme de frutas a mi paso
pues los árboles ya tenían dueño cuando nací, madre.
Pero en cambio, muy pronto, me quitaron de las manos,
pequeños tréboles de cinco dedos, la pelota de trapo
y me colocaron en ellas un fusil. Me arrancaron de la garganta
los últimos monosílabos de mi niñez para inscribirme en ella
himnos de guerra que apenas entiendo.
Me sacaron de los bolsillos las luciérnagas de mi infancia,
y colocaron en ellos granadas incendiarias.
Sin tiempo ni espacio para hacer amigos, me fabricaron enemigos
y me condenaron a vivir huyendo, en medio de pesadillas de muerte
que no me abandonan nunca desde que me convirtieron
en niño soldado, los mismos que nunca me enseñaron a sembrar,
ni a pescar, ni a tejer, ni a leer las estrellas,
ni a reír, ni a jugar, ni a solazarme con los libros,
pues a las escuelas ya las había devorado la guerra
o estaban vedadas para mi, madre.
Por eso soy un niño soldado sin techo, sin familia, sin patria,
cuya sombra se agiganta sobre la conciencia atrofiada del mundo.
Demasiado joven para tener un pasado,
demasiado pequeño y débil para asomarme al futuro,
joven niño viejo, con un alma mercenaria
que me colocaron infames titiriteros, los que me convirtieron
en niño soldado y me colgaron consignas y banderas
que no me pertenecen, antes de que mi propia alma
tuviera tiempo de despertarse.
Solo eso soy: Un niño soldado a quien le enseñaron
únicamente a matar para defender las ideas de otros,
las tierras de otros, los dioses de otros,
y hasta los árboles ajenos,
de cuyo fruto no probaré nunca, madre!.
lunes 20 de octubre de 2008
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